domingo, 10 de septiembre de 2017

¡¡¡VIVA EL NIÑO DE LAS SANDALIAS!!!



Venía el prioste abatido, con rostro sombrío, apretando los dientes y los puños, maldiciendo al diablo en latín, sánscrito y arameo. Toda su “sabiduría”, su dedicación y su empeño se derrumbaron de pronto ante la inesperada “tragedia” de que a un candelabro del paso  se le hubiera roto, a traición, un guardabrisas. Grandísima frustración, golpe bajo. Jarro de agua fría en la calurosísima tarde de septiembre.

Iba la Virgen rodeada del fervor de su ciudad, arrastrando a su paso un océano de devoción, llevada por una marea de siglos que siempre está en pleamar, que no conoce el retroceso de la resaca ni sabe de bajamares, influida por la poderosa atracción de esta Luna Llena de Celestiales Reflejos. Renovada plenitud devocional.

Caminaba la Santísima Virgen de la Cinta la tarde de su festividad decidida a saldar una deuda que Ella no había contraído, pero que como Madre benevolente y amorosa que es la quiso hacer suya. Y la Patrona de Huelva que como Reina de todo lo creado  maneja también el tiempo a su antojo, cuando lo ha creído preciso, justo y sobre todo necesario, veinticinco años después,  la Virgen se adentraba en la barriada de la Navidad y se posaba a las puertas de la parroquia de Belén.

Allí, con sus hijos más humildes qué guapa y qué feliz se le veía. Durante la sencillez de una ofrenda de flores y rodeada de salves,  una anciana, sin ningún tipo de rubor, ni pudor y sin el menor respeto humano,  empezó a recitar en voz alta un poema de amor que había compuesto para la Virgen que terminaba con una jubilosa sentencia, con un lapidario ¡¡¡Viva el Niño de las Sandalias!!! Y ¡¡¡Viva la Madre que lo parió!!!

¿Qué tendrá esta imagen del Niño de la Cinta que tanto enamora? ¿Qué tendrá esta imagen del Hijo de Dios desnudo, pero con zapatos puestos, que hace que una anciana que no sabe ni leer ni escribir, dictara con su poema una lección magistral, una tesis doctoral que haría palidecer al mejor teólogo de la mejor academia mariológica que viniese de la mismísima Roma?

Precisamente, ese mismo día por la mañana, en la Solemne Función de la catedral, el sr. Obispo, y no es la primera vez que lo hace, en su homilía se refirió al Niño de la Virgen, a esa entrañable imagen de todo un Dios desnudo, desprovisto de todo, necesitando que el hombre, lo mismo que Juan Antonio el zapatero hacía con los niños necesitados, le honren con el oro de la caridad hacia nuestros semejantes.

La tarde avanzaba y el prioste remiso al gozo del momento por la rotura del candelabro, no se daba cuenta de que la Virgen de la Cinta no se rige por ningún parámetro ni por cánones cofrades, que nada importa ante el fervor de su legión de devotos, ante semejante manifestación de amor hacia nuestra Celestial Patrona; ni el brillo de la plata, ni el número de luces que la alumbre, ni la perfecta y armoniosa disposición de las flores que la adornan y la aroman, ni la belleza de las coplas ofrecidas a su paso, ni el esfuerzo del costalero, todo se diluye, todo lo eclipsa. Es Ella y solo Ella el centro, la razón de todo en esta tarde de emociones sinceras, que fluye mejilla abajo por el rostro de Huelva ante esta imagen que siendo tan chica tiene ese inmenso poder.  

Desde el incidente, la camarista llevaba en sus manos el dichoso guardabrisas desprendido del paso  para dejarlo a buen recaudo en la parroquia de la Barriada de la Navidad. La Virgen llegó a las puertas de la parroquia con una luz menos, pero cuando se marchó la alumbraba otra luz más poderosa, más nítida, más clara, la del fervor de los más humildes y que supo resumir aquella octogenaria analfabeta con el más fino tratado de marianismo popular no aprendido en ninguna academia pontificia que acababa, a voz en grito, con un esclarecedor ¡¡¡Viva el Niño de las Sandalias!!!

 Y el prioste comprendió entonces lo absurdo de su preocupación por la vacuidad de un guardabrisas desprendido, de una luz menos en el paso de la Virgen, cuando es Ella la verdadera luz, que le viene de Quien lleva en brazos, desnudo pero con zapatos puestos.

 Qué absurdo el enfado…¿Será tonto el prioste?...


sábado, 5 de agosto de 2017

ALLÍ, DONDE DIOS SE ESCONDE



Lo afirmaba Santa Teresa de Jesús cuando aseguraba que Dios andaba entre pucheros. Así que quién soy yo para contradecir a la Santa de Ávila, a toda una Doctora de la Iglesia ni a la Mística española.

Si es verdad, como creo, que la belleza proviene de Dios, entonces Dios habita en la belleza; y si es así, las cofradías son terreno abonado para que Dios habite en ellas.

Lo que ocurre es que muchas veces nos empeñamos en no buscarla, o no sabemos encontrarla. Nos empecinamos en pretender de las cofradías lo que las cofradías no son. Quisiéramos modelarla a nuestra imagen y semejanza, como si fuéramos Dios, cuando no llegamos ni a idolillos de barro y solo conseguimos dar forma, con nuestra pobre condición humana, a lo peor de nosotros mismos y amasamos en la misma arcilla vanidades, orgullos y rencores que conforman la antítesis, la imagen más alejada de la belleza, más alejada de Dios.

Dios, como entre los pucheros de la Santa, también anda, si lo dejamos, entre las cofradías.

Porque a poco que nos lo propusiéramos, mirándolas con ojos de fe, descubriríamos cómo Dios está en la belleza de una imagen, que aunque tallada en madera terrenal, tiene pálpito y hálito divinos. O en la madera que se retuerce en la hojarasca tallada, gloria barroca, en un paso de cristo. O en las puntadas que recrean la hermosura de unas flores (avemarías de oro) en el manto de una Virgen, o la dureza de los cardos (credos de espinas) en la túnica de un Cristo, sobre el terciopelo bordado.

Belleza que se manifiesta en la grandeza de un altar de cultos, no como prueba que deba superar ningún prioste, ni de crítica,  ni objeto de sesudo debate entre cofrades ociosos; sino como tributo de devoción a quienes deben ser el centro de la vida de cualquier hermandad, su auténtica razón de ser: Cristo el Señor, la Virgen y los santos.

La belleza está en el esfuerzo del costalero que hace andar a Jesucristo con zancada poderosa y arrulla con el mimo de una nana, con el suave vaivén de unas bambalinas, a la Santísima Virgen.

Habita en el aroma de las flores de los altares y de los pasos; en la voluta de incienso que se eleva y se eleva, glorificando a Dios, hasta alcanzar el Cielo.

Se manifiesta en el sonido bronco de una corneta, en el redoblar de un tambor, en la música que queda como una estela detrás de un manto cuando el paso de palio se aleja hasta perderse por cualquier esquina sacándonos del ensueño.

Se refleja en el brillo del pan de oro en una canastilla y en la labor repujada de la orfebrería, plata removida, argéntea arquitectura labrada por los cinceles de la genialidad.

La belleza de Dios se materializa, también, en la Caridad, sinónimo del Amor, con que las bolsas asistenciales de nuestras hermandades atienden a los más necesitados, sin importarles credo, ni procedencia, ni incluso religión.

Se asienta en el hombro con el peso de la cruz de un nazareno que camina detrás del Nazareno y emana de la luz de los cirios que forman el camino que preceden los pasos.

Y vive, verdaderamente vive, en la insondable profundidad, como la  naturaleza de su propio Misterio, de un sagrario.

Esta es la belleza de las cofradías, reconozcamos en ellas, como en un espejo, el fiel reflejo de la auténtica Belleza, la que procede de Dios; busquemos la perfección, no la empañemos desvirtuando su verdadera naturaleza, seamos instrumentos que la hagan brillar, y no la manchemos con el manoseo de nuestros propios defectos, ni con lo peor de  nuestra condición. Que seamos capaces de hacerlas brillar como la plata limpia, pues la belleza es intrínseca a las cofradías.

(Reflexiones de verano mientras vamos preparando los enseres de una hermandad para sus cultos anuales)

martes, 6 de junio de 2017

LA MEDALLA DEL KICHI



El Ilustrísimo Señor D. José María González Santos (en adelante El Kichi), Alcalde Presidente del Excelentísimo Ayuntamiento de la ciudad de Cádiz, ha tenido a bien conceder la Medalla de Oro de la Ciudad a la Sagrada Imagen de Nuestra Señora del Rosario, con motivo del ciento cincuenta aniversario de su designación como Excelsa Patrona de esa bellísima capital andaluza. Y, claro está, como hablamos de la Tacita de Plata, las críticas le han venido "enchampelás", como los cuplés que se cantan en el Falla; o sea, de dos en dos; de un lado y del otro del amplio espectro político local, regional e incluso nacional, desde la "caverna" mediática y desde el "progrerío" más mediático también. España pura. Y la verdad es que no entiendo ni la extrañeza ni la sorpresa.

No lo entiendo porque supongo que nadie, a estas alturas, se vaya a creer que los políticos mantendrán lo que dicen que harán, o que no harán, cuando prometen, juran y perjuran, en una campaña electoral, que una cosa es predicar y otra, dar trigo. 

No creo que nadie se crea lo que en tiempo de elecciones dicen los correligionarios del Kichi, eso tan rancio, tan guerracivilista, tan antiguo y amenazador de "arderéis como en el treinta y seis" o "la mejor iglesia es la que arde". Ni los más acérrimos podemistas dan credibilidad a las soflamas que su partido vocea. Si hasta estoy seguro de que las mismas que durante la campaña electoral entran en las iglesias con las tetas al aire interrumpiendo las misas, una vez tocado pelo (nunca mejor dicho si hablamos de las Femen, que no se deplilan), ya en el poder, son capaces de vestirse de mantilla para presidir la primera procesión que se ponga a tiro (perdón por lo de tiro). Es como si yo me fuera a creer que Mariano Rajoy, tal como prometió cuando era candidato, fuera a derogar, como presidente, la vigente ley del aborto, puedo esperar sentado. Para pedir el voto los partidos de izquierda, con más o menos vehemencia, amenazan con revisar el concordato de España con la Santa Sede. Pero cuando llegan al poder y son alcaldes conceden la medalla de la ciudad, o la distinción que haga falta, a una imagen religiosa. Y encima, a propuesta del PP, como en el caso de Cádiz. Populismo puro y duro del que ellos no tienen la exclusividad. Todos los partidos tienen un puntito, más o menos descarado, de populismo.

Me acuerdo con esto ahora de esa letra del Arcipreste de Hita a la que le puso música Paco Ibáñez y que yo cantaba en mi etapa de progre, imbuido del espíritu del 68 (que como la juventud, es ya una enfermedad pasada)y que se refería al dinero, pongan votos en lugar de dinero y no me digan que no es una letra de rabiosa actualidad ..."el dinero (los votos) hacen señor al siervo y siervo hace al señor, toda cosas del siglo se hace por su amor..." Por el amor a los votos. O aquella otra del recientemente fallecido poeta Juan Goitisolo, cantada también por el músico vasco que decía "la tierra toda, el sol y el mar, son para aquellos que han sabido sentarse sobre los demás"... Con la licencia que da un puñado de votos... aún más que de dólares...


Tanto se asemejan unos y otros buscando el mismo fin, que no va más allá que el suyo propio, que en este caso de la medalla de Cádiz, que ahora la gomina y el blasier azul van de la mano de las rastas y del chalequillo sin mangas, el "facha" con el "rojo". Las vueltas que da la vida, ¿eh, Kichi? Y no pasa nada. Ni debe pasar nada.

Porque mal iríamos si todavía no comprendiéramos que los concejales son representantes del pueblo que los elige para que cumplan sus mandatos, y el pueblo, o la ciudadanía, o la población, o la gente de Cádiz ha mandado que sobre el pecho de la Virgen del Rosario brille para siempre el oro de la medalla de su ciudad. No es El Kichi quien la concede, es el pueblo, por medio de sus representantes, quien la otorga. Que no es lo mismo.

Pero lo más curioso (o lo más honrado, o lo más lógico, o lo más demagógico) es que la crítica más despiadada le haya venido precisamente de Alberto Garzón, candidato a presidente del gobierno por Izquierda Unida, partido coaligado de Podemos diciendo que él no es "fans de conceder medallas, y menos a seres inanimados". Qué poco conoce este señor a los andaluces. Qué poco sabe de lo que representa para nosotros la devoción a la Santísima Virgen. Ser inanimado, él, que no se ha animado a trabajar nunca fuera del abrevadero de la política, arrimado al perol generosamente subvencionado y convenientemente regado de euros del presupuesto, que más bien se parece muchas veces a un impuesto revolucionario que pagamos todos.

 Y es que yo me imagino la conversación telefónica de El Kichi con Garzón a raíz de la concesión de la medalla intentando explicarle lo que él, el líder de IU, como madrileño no entenderá en la vida, lo que no se es capaz de comprender muy bien si no se es de aquí. Eso que, fuera de nuestras fronteras, tiene difícil, por no decir imposible, explicación. 

La situación me la imagino más o menos así: Suena el teléfono a eso de media mañana en el despacho privado del señor alcalde, que ellos no son de ir muy temprano al tajo. El primer edil sentado en la silla pone los pies cruzados sobre la mesa de caoba donde ondea una pequeña bandera republicana. Con voz un tanto inquisitorial, pero amable y comedidamente afectuosa en el fondo, dice el Kichi: "Mira, Albertito, hijo, no me toques los cojones. ¿Tú qué coño sabes de esto, pissscha? ¿tú que carajo entiendes de cómo se quiere aquí a las imágenes de la Virgen, y más a la de la Patrona? Tú preocúpate de las tarjetas Blak de tu padre, pisssscha mía, que tú desde Madrid lo ves tó mú bonito. Pero aluego el que tiene que dar la cara aquí en Cadiz soy yo...si no le doy la medalla, ¿quién carajo me va a votar otra vez? Tú no tienes ni puñetera idea de lo que va esto. ¿Tú no sabes, sojoíotonto que aquí, en Andalucía, las cosas son diferentes que en la capital del estado (antes Madrid)? ¿Tú no sabes que en plena República el Ayuntamiento de Sevilla le cambió el nombre a una calle para llamarla Sor Ángela de la Cruz cuando aún la santa estaba de cuerpo presente?¿Tú no sabes que en Huelva más de la mitad de las medallas de la ciudad concedidas a imágenes religiosas fueron aprobadas por alcaldes socialistas? ¿Es que no vas a aprender nunca? Así te va, que no vas a llegar a ser ni presidente de tu comunidad de vecinos, que así tienes a tu partido, que en vez de Izquierda Unida es la Izquierda Hundida. Mira, camarada, yo de ti probaba a darle a San Isidro, Patrón de Madrid, la medalla de la ciudad, o de la villa, o de lo que sea, verás el rédito que te da, no seas tonto, ¿no está ahí San Antonio Abad, patrón de Trigueros, en la provincia de Huelva, afiliado con carné a la UGT? ¿No sale el muy susanista Mario Jiménez, portavoz del gobierno andaluz, Psoe en esencia, en estado puro, de costalero en la hermandad más seria, más silente, más de ruan negro que hay en el mundo? ¿Qué tendrá que ver eso con la religión? ¿No felicita tu amigo Pedro Sánchez, el redivivo y flamante secretario general de la Pesoe el Ramadán a los musulmanes y se calla como una puerta cuando llega la Cuaresma, y ha ganado las primarias, churrita mía? Además, no temas que te puedan tachar de comnivencia con la Iglesia Católica, ¿no ves que ya hay muchos cofrades que no creen en Dios y con gestos como estos promovidos por Podemos ayudan a secularizar aún más a las hermandades? Tú échame cuenta a mí, hazme caso, y déjame que yo sé lo que me hago... Si hasta Alfonso Guerra (se pronuncia Arfonzo), el henmano de su hermano siempre defendió a las cofradías sevillanas por encima de la Feria de Abril por más democráticas, más "der pueblo" y menos elitista que las casetas, nido de reaccionarios facciosos. Y además, la medalla que le voy a dar es la de oro, no voy a hacer como la Carmena, que con el chocheo que tiene le ha dado por regalarle a los jugadores del Real Madrid medallas de chocolate, yo el chocolate aquí me lo fumo, no me lo como, carajote. ¡Ah!, y dile a la novia de tu amigo Pablo Iglesias y a sus amigas que se guarde las tetas dentro del sostén y no se meen en las puertas de las iglesias hasta la próxima campaña electoral, hombre, que me espantan la clientela... No me vayáis a joder este momento de gloria, este pulso que le estoy ganando a la derechona de subirme al paso y poner sobre la Virgen del Rosario la Medalla de la Ciudad de Cádiz, que como todo salga bien, ya estoy promoviendo la coronación canónica de la Galeona en el momento en que el Juan Sebastián Elcano vuelva de su último viaje de instrucción. Como milagro al expediente de coronación voy a aportar el asistir al acto de recibimiento de los oficiales del Buque Insignia de la Armada Española duchaíto, de chaqueta y corbata y hasta afeitao, no como la última vez, que fui hecho un zahúrda...Así que Alberto, colega, no la vayamos a fastidiar...¿eh?

Cuando colgó el teléfono, el alcalde de la Cuna de la Libertad fue bajando de su despacho tocando con un bolígrafo (Bic, por supuesto) un tanguillo sobre la barandilla de la escalera del ayuntamiento al ritmo del tres por cuatro, cruzó la Plaza de San Juan de Dios y se dirigió a la iglesia de los Dominicos para preparar y cerrar el acto de imposición de la medalla de la ciudad a la patrona. Entre dientes iba cantando por alegrías, "que a Cai no le llaman Cai, que le llaman relicario, porque tiene por patrona y a la Virgen del Rosario..." No iba contento el Kichi ni ná...

Mientras, en Madrid, Alberto Garzón con cara circunspecta (con cara de tonto, vamos)desfondado en su sillón/poltrona sigue sin entender nada y dándole vueltas a la cabeza mirando la foto de Marxs (el comunista, no la marca de helados) que preside su despacho. Y lo que es peor, sigue sin saber cómo les explicará a sus compañeros y compañeras en el próximo comité del partido comunista la forma tan poco ortodoxa de ser de izquierda que tienen los andaluces y andaluzas, los compañeros y compañeras, los concejales y concejalas que tiene el Kichi , y lo que tiene que mandar la Chari en Cádiz, como el alcade de Podemos llama familiarmente a  la Virgen del Rosario, que venga de las manos de quien venga, se tiene más que merecida por querida y venerada y por derecho propio la Medalla de Oro de la Ciudad de Cádiz.

Y que le vendrá, sorprendentemente para muchos, de manos de un alcalde podemita. Arrepentidos lo quiere el Señor, pensará Ella.

domingo, 14 de mayo de 2017

INMUNIZADOS

                           

La mañana del día once de junio de 1976, recién abiertas las puertas del templo, cuando los devotos del Nazareno entraron en la capilla de la hermandad en la Parroquia de la Purísima Concepción, se encontraron con la difícilmente olvidable estampa de ver a la Virgen de la Amargura profanada para robarle las joyas que llevaba puestas. La dantesca imagen permanece aún presente en las retinas y en la memoria de los que la vivimos: La sagrada imagen de la Virgen, con las telas del tocado removidas en el intento del ladrón de arrancarle la corona de sus sienes; los brazos de la sagrada imagen forzados y fuera de su sitio; el manto, azul de damasco, desprendido del poyero; la saya, de seda blanca, descolocada, dejaba asomar las enaguas rasgadas y por encima de la peana interior de la imagen... Pero lo que es peor y más doloroso: la Santísima Virgen presentaba la mutilación de dos de sus dedos en la mano derecha. Botín del robo: tres estrellas de la corona, que ni siquiera eran de plata, un anillo de zafiros, otro de rubíes (el fresón), un tresillo de oro y varios broches sin valor alguno... Y el dolor inmenso de ver a tu sagrada titular "manoseada",  manchada, maltratada y violentada por un delincuente sin escrúpulos, que encima, no tenía ni idea del valor de lo robado. Eso fue lo peor y lo más triste.

Si hoy, que se felicita pública y acertadamente a algún que otro hermano mayor por las declaraciones comedidas y juiciosas, por no querer alarmar ni echar más leña al fuego, ante ciertos acontecimientos que hemos vivido últimamente, a la junta de gobierno que regía por entonces los destinos de la hermandad del Nazareno de Huelva habría que haberles hecho un monumento. Nada de manifiestos rimbombantes; nada de comunicados de prensa condenando nada enérgicamente; nada de dar pena. Cuando la parroquia volvió a abrir por la tarde, la Virgen de la Amargura aparecía como si nada hubiera pasado, cambiada sus ropas de arriba abajo y recibiendo la visita de sus devotos que se acercaban al templo al correr la noticia como la pólvora (y no había Internet) por toda la ciudad. Aquella tarde, en la misa de ocho, se celebró un sencillo acto de desagravio y aquí paz y después gloria.

Solo una señora, muy anciana, después de misa, encendiendo una lamparilla en aquel viejo velero y mirando al Señor  predijo lo que ahora está ocurriendo, quizá por haber vivido otros acontecimientos, aún peores y de infausto recuerdo: "Esto es solo el principio. Llegará un día en que lo que ahora nos sorprende, sea lo habitual". Lo clavó.

Con el tiempo, las alhajas de la Virgen aparecieron (escondidas en el bombo de una lavadora metidas en un envase de Cola Cao) y el autor visitó por un tiempo villacandao. Al menos, hubo justicia. Pero eran otros tiempos,  eran otras leyes y otros gobernantes.

Porque poco a poco, gota a gota, como una vacuna, nos han ido inoculando algún extraño narcótico que ya nos ha hecho inmunes al asombro, o sea, que nos hemos idiotizado. Nos tragamos, píldora a píldora y sin rechistar, agresión tras agresión, profanación tras profanación y robo tras robo con lo que nos quieran decir, o como lo quieran llamar. Porque llamanos demente al que le partió el brazo al Señor del Gran Poder o le tiró un cóctel Molotov a una Virgen de Málaga; porque al que escribió la palabra pederastia con trescientas Formas Consagradas ha salido libre de cargos ya que la Justicia ha considerado que este, al menos para mí, hecho sacrílego, se puede considerar provocación, pero no ofensa. Porque denominamos gamberrada las amenazas vertidas en las pintadas, las que día sí y día también leemos en las fachadas de nuestros templos. Porque quemar el paño de altar de una basílica, o rociar con gasolina y meterle fuego a la puerta de un templo de barrio es cosa de delincuentes comunes, Porque...

Y así, hasta el robo de las joyas de la Virgen de la Aurora de Santa Marina.  

Ya es hora de que vayamos abandonando el lenguaje bienintencionado, habría que ir revisando eso tan bonito y tan resignadamente cristiano de "el pasado, pisado" e ir recopilando en la memoria tantos agravios como las cofradías reciben y sin que nadie haga nada, que ya tenemos la otra mejilla moraíta de tantas veces como la hemos vuelto a poner.

Porque mientras no llamemos las cosas por su nombre y se juzguen según el delito, mientras sigamos con el lenguaje buenista esto se seguirá repitiendo. Esto, o cosas peores, como vaticinó hace más de cuarenta años aquella vieja devota cuando profanaron a María Santísima de la Amargura, de la cofradía del Nazareno de Huelva. 

Si no, al tiempo. Dios quiera que me equivoque.

domingo, 7 de mayo de 2017

LA VERDADERA RAZÓN DEL ROCÍO


En estas tardes del incipiente mayo, El Rocío, tras su aparente calma de calles medio transitadas, de casas de hermandad cerradas, de sosegada inquietud, parece un inmenso pebetero esperando para arder que se le arrime el mechero de yesca del primer son de un tamborilero o la chispa del primer cohete, hasta alcanzar la plenitud de su fuego en un nuevo Pentecostés. La laguna, llena, crecida con las últimas lluvias lame casi las arenas de la aldea, en una orilla verde de cañaverales y juncos. El sol, como de oro líquido, azulea y perfila en el cielo una espadaña de campanas mudas y encala con miel diluída en el aire la fachada de la ermita.

Dentro, lo mismo que fuera las golondrinas van y vienen de sus nidos de barro asidos a los resquicios de las paredes blancas del santuario, hay un inquieto ir y venir de peregrinos alrededor de la reja del altar mayor.

Al lado, en la capilla del sagrario, un resplandor celeste y plata, como copiado de los lucios de agua de la cercana laguna, entrando por la Puerta de la Marisma se refleja en el repujado del tabernáculo donde Dios vive y se reserva.

En un rincón del templo, como un cofre sin tesoro, como un trono sin reina, en el paso de la Virgen aún amarillea la plata del paso cubierta todavía por el velo que el polvo, la arena y el tiempo le han prestado desde la última romería, y que pronto brillará, como un ascua de luna en su minuciosa orfebrería cuando su Dueña sea entronizada de nuevo en él.

Hasta dentro del sagrado recinto llega, matizado con aroma salobre, el olor de la cera que arde en la cercana capilla de las ofrendas, donde se derriten hecha luz las promesas cumplidas al calor de las llamas de la fe en la Virgen.

La misa va a empezar. Todo se aquieta, todo se remansa. Desde cualquier banco del templo todas las miradas de los fieles, todos los ojos, los del cuerpo y los del alma, confluyen en Ella. Hasta el inmenso portento del retablo parece que se diluye y más resplandece la grandiosidad de la sagrada imagen de la Virgen del Rocío.

Parece ahora en la mística triangulación de su figura aquel triángulo que albergaba el Ojo de Dios y que ilustraba las preciosistas estampas de los viejos libros de catecismo. Pero renovada y actual. En el centro de la imagen, en el centro de todo, como el Ojo de Dios, El Divino Pastorcito, con ráfaga, sin corona, parece ceder la realeza absoluta a su Bendita Madre que lo sostiene y nos lo ofrece entre sus benditas manos, surtidores de joyas; divinas manos “en la que siempre estamos, en las que siempre estaremos”.

Pero es en lo que alberga el óvalo divino de un rostrillo, en lo que enmarca el sol bordado que perfila su rostro donde encontramos y reside la verdadera, la auténtica, más grande y más poderosa razón del Rocío: la inconmensurable, la indefinible belleza de la Reina de las Marismas.

Porque habrá, porque hay inumerables, miles de reproducciones de la Santísima Virgen del Rocío, en imágenes, fotografías, pinturas donde es perfectamente susceptible poder idealizarla..Pero ninguna alcanzará jamás, ni en ninguna encontraremos la perfecta belleza que nos muestra al ponernos delante de Ella. No hay mirada, ni semblante, ni porte tan singular ni más personal. Es la perfección iconográfica; es la belleza tallada y casi hecha carne.

Si el Niño Dios que Ella sostiene en sus manos es el “ojo que todo lo ve”, la Virgen es la que parece estar siempre escuchando, “lo mismo que el pocito, siempre manando”, que decía en sus sevillanas Muñoz y Pavón. Esa expresión de atenta escucha, de comprensión, de receptora de las plegarias, de ofrecer su sonrisa al suplicado perdón, casi de complicidad, a pesar de su imponente majestad, de su aparente sagrada altivez; ese mirar sin mirarnos, ese dulcísimo gesto que aunque parezca que mira hacia el suelo es en realidad a nosotros, a cada uno de nosotros, en verdad a quienes mira, es la que la hace única...Y es su portentosa belleza la que lo justifica todo.

Porque a los que no somos rocieros, y no podamos entender los sacrificios en los caminos, las inclemencias, las incomodidades, los que no sabemos de ese “orgullo por siempre invencío del que tó lo deja pa vení al Rocío”, mirándola encontramos explicación.

Porque los que no sabemos lo que es la Raya Real, ni Cabezudos; los que nunca bebimos agua en el pozo de Lopa, ni cruzamos el puente del Anjolí; los que nunca hemos atravesado en barcaza el Guadalquivir por Bonanza; los que nunca dormimos en los carros, ni cantamos en las noches del camino al calor de una hoguera, ni oímos la misas del alba, ni marcamos nuestros botos en las arenas, los que no sabemos lo que es cantar la Salve al pasar el Quema, ni en la Charca; los que nunca hicimos el camino lo comprendemos todo al mirar a la Virgen del Rocío.

El Rocío es la Virgen, y mucho, muchísimo más. Pero por encima de todo, la Virgen, una fiesta religiosa con perfiles únicos, vivencias, ancestros, ritos y casi ninguna regla. Pero la sola contemplación de la Sagrada Imagen de la Patrona de Almonte basta, sobra y justifica la unirvesalidad de esta romería, y lo que es mejor aún: la desbordada, creciente y sempiterna devoción a la Santísima Virgen del Rocío.

Ayer estuve allí y lo pude comprobar con mis propios ojos.


domingo, 12 de marzo de 2017

SILENCIOS PARA EL DESENCANTO



Sebastián, aunque hombre ya de edad avanzada, todavía tiene pulso suficiente como para coger el apagavelas con una sola mano y ahogar la llama del último cirio que quedaba encendido en el soberbio altar de cultos que este año ha montado su hermandad, su tan querida hermandad.

 En la casi absoluta oscuridad del templo los cirios parecen formar ahora un sombrío cañaveral, lo que hasta hace un momento era un inmenso bosque de luz alumbrando a los sagrados titulares, alzados, elevados como una custodia de devoción en el altar mayor desde donde presiden la iglesia estos días tan señalados en el calendario de la cofradía, como cada nueva Cuaresma.

Es la noche del último día del quinario. Mañana será la función y parece que todos tuvieran prisa, mucha prisa; porque en un momento el templo se ha quedado vacío. Todos se han ido. Todos menos Sebastián. Hasta el cura y el sacristán se han despedido  y se han marchado con la tranquilidad de que él velará por la iglesia como si fuera su propia vida, con la tranquilidad de que antes de marcharse y cerrar definitivamente la iglesia, el viejo prioste revisará hasta el último rincón para que todo esté en orden, para que cuando mañana temprano se vuelva a abrir el templo, todo esté en su sitio y en perfecto estado de revista; y sabedores de que cerrará con siete vueltas de llave lo que para él es su verdadera casa,  donde ha vivido y vive más tiempo  incluso que en su propio hogar, cosa que siempre le ha recriminado Cinta, su mujer y madre de sus hijos, que hace tiempo que tiró la toalla y se dio por vencida en la incruenta guerra que mantuvo con la condición cofrade de su marido.

Y es que todos tienen en él confianza absoluta, que por otra parte ha sabido ganarse a lo largo de una vida de honradez y entrega a su hermandad y a su parroquia siempre que lo han dejado.

Ahora ya, a puerta cerrada, en la sagrada estancia reina la calma solo rota por el bullir de la gente que pasa por la calle y cuyo sonido se filtra por los gruesos muros del vetusto templo, como un sordo rumor de vida, ajeno, vago, lejano... Tan solo clarea el espacio la luz descolorida, tímida, que entra tamizada, como con sordina, por las vidrieras, aportando a la escena una sucinta y difusa claridad, amarillenta, imprecisa, casi onírica, irreal...

Flota en el aire un ambiente tan espeso de incienso, tan denso de oraciones recientes, que parece que se pudiera amasar con las manos.

 Sebastián ha dejado con cuidado la caña con el apagavelas en un rincón del altar mayor, se ha bajado del presbiterio y se ha sentado en el primer banco, a solas, sin prisas, como siempre, haciendo gala de esa costumbre tan suya de llegar el primero y marcharse el último, como si esperara para marcharse a que se diluyera el humo que todavía desprenden los pabilos, aún calientes, en la candelería de plata, intuyendo entre las sombras la silueta inconfundible de su Cristo, “mi Cristo”, como él le dice, con el posesivo por delante, ahora que a ninguna advocación le precede el sagrado nombre de Cristo, ahora que a todos los cristos se le llama señores.

Y ahora, en este perfumado y nítidamente oscuro reino de silencios que permite ver mejor las cosas importantes, en la serena paz de la iglesia cerrada, solitaria y medio en penumbras, es cuando los silencios de Sebastián se hacen más evidentes y más le pesan, cuando las preguntas sin respuestas vuelven una y otra vez a su memoria, atronando su mente, preguntas viejas que nunca encontraron respuestas porque siempre prefirió callar a crear malestar. Y se cuestiona tantas cosas, que “si tanta entrega habrá valido para algo”, “si habrá merecido la pena haber tenido que dejar en la cuneta alguna otrora querida amistad a causa de la hermandad”, “si debería haberle dicho algo a aquellos hermanos que se llevaron toda la tarde del quinario riéndose y mirando para detrás y criticando el altar de cultos”, “si debería haber mandado a tomar por culo a tiempo (cosa que por educación no hizo) a la señora de un hermano que nunca jamás hizo nada, ni por supuesto se gastó nunca nada (ni ella ni su marido) en la hermandad, y con modos de duquesa ofendida lo puso a parir a voz en grito y delante de todos porque no le gustó la estampa que se repartió aquella vez en el quinario”, “que si debió haber reconvenido a aquel sacerdote que ninguneó a su hermandad, doliéndole como una puñalada en las entrañas, y que se tragó sin rechistar por la reverencia que siempre le tuvo al sagrado ministerio del sacerdocio, a su Santa Madre la Iglesia”, “que si debería haberse hecho valer más en tantas ocasiones y no lo hizo”; “que debería haberle puesto la cara colorada a más de un hermano mayor bajo cuyo mandato se entregó en cuerpo y alma y luego en un determinado momento en el que deberían haberlo apoyado lo traicionaron” , de arrepentirse de mirar para otro lado cuando se daban codazos entre ellos cuando lo veían venir; de las risitas a sottovoce, esa crítica tan corrosiva, tan cofrade “por lo bajini”, cuando no la difamación en alguna taberna entre chatos de vino peleón unas veces y otras en copas de balón, que de todo ha habido; y hasta cuando lo acusaron de deslealtad, cuando ésta precisamente, la lealtad, fue siempre su divisa, porque más aún que leatad, lo que Sebastián tenía con muchos era auténtica ceguera, hasta que se le cayó la venda . ¡Ay, si él hablara y contara…! Justamente los pocos enemigos que tiene (¿qué sería de un hombre sin enemigos?) se los granjeó al recriminar a unos hermanos ciertos comportamientos, porque ya se sabe que si corriges a un sabio lo harás más sabio; pero si corriges a un necio, lo harás tu enemigo. Y así fue.

Por eso Sebastián calla, paciente, hermético, tantas veces introvertido, distante, más que prudente. Curiosamente acaba de leer el libro del Cardenal Robert Sarah y quiere hacerle caso  a Su Eminencia cuando afirma que “la verdadera revolución viene del silencio”, esa revolución conciliadora que tiene pendiente, desde hace años, su hermandad; y porque en el libro se dice también que “el ruido genera el desconcierto del hombre” prefiere (siempre prefirió) morderse la lengua y no enfangar lo más querido para él, como era, como es su hermandad. Prefiere callarse y que lo tengan por tonto, por más razón que llevara.

Y es que a Sebastián, ya en el declive de su vida, de vuelta de casi todo, tener que defender lo obvio en su cofradía, en la Semana Santa, le conduce a la frustración. Y presiente que cada vez está para menos, y mucho menos para eso. Y que para lo que le queda en el convento...pues eso.

 Porque para él es obvio que la cuaresma en vez de ser una ruidosa sucesión de actos culturales y pseudo religiosos, una frenética maratón de cuarenta días besando manos, oyendo marchas, mirando (no asistiendo) altares de quinario, clasificando en retorcidos escalafones la labor de cualquier cofradía, aventando debates vacíos en Internet, escrutando estrenos, cortando trajes a los priostes… debería ser un tiempo de convivencia entre hermanos en la espera, intramuros del corazón, dejando el ruido fuera de la iglesia y de la casa hermandad. Sagrado silencio en la expectativa de los días santos.

Porque para él la obviedad sigue consistiendo, por ejemplo, en ver a las imágenes de la virgen muy bien, bien, o correctamente vestidas, no disfrazadas; porque cree que los jóvenes, sin que ni siquiera formansen grupos, sin que les haga falta formar juntitas de gobierno, deben atender primero a las labores internas de la hermandad, aprendiendo poco a poco, conociendo, reconociendo ese o esos hechos diferenciales que hacen a su hermandad única, diferente a las demás, forjándose en el repeto a la identidad propia y no solo yendo a las representaciones, jugando a ser adultos y empezando a cometer los mismos errores, que hoy se aprende antes a coger las varas (joías varas) que a coger la bayeta.

Porque para él, la grandeza de una cofradía no se mide ni por la duración de una revirá (antes vuelta), ni por la de un solo de corneta, ni por la intensidad de una interminable petalá, porque la medida, la proporcionalidad, siguen siendo valores perfectamente aplicables a la Semana Santa; porque piensa que la desmesura y la saturación nos llevará a la decadencia, y cuando recuerda los años sesenta le recorre un indeseable escalofrío por la espalda. 


Porque a Sebastián le parece un contradiós los ensayos llenos de gente mirando y los quinarios vacíos; se lo llevan los demonios cuando ve a los cofrades de la propia hermandad vestidos de chaqueta alrededor de los pasos con la medalla puesta sin ninguna misión encomendada y haciendo nada…bueno, sí: estorbar; cuando el estreno de una marcha ocupa más espacio en los informativos cofrades que la referencia a un quinario, o a un besapié, por más masivo que sea y porque cada vez que abre el peroódico teme el hachazo de una nueva mentira publicada contra su hermandad.Y le sigue repateando la gente que asiste a los actos religiosos en la calle comiendo pipas desaforadamente y vestidas estilo Coronel Tapioca…

Y tiene que soportar que lo tilden de reaccionario y viejuno por pensar que actualmente en las cofradías Dios no está ni se le espera. Solo hay que echar un vistazo a algunos procesos electorales.

Cada día que pasa está más convencido de que hoy en las cofradías se habla un idioma absolutamente distinto al que él aprendió y cada vez más a menudo le atenaza la idea de dejarlo todo porque piensa que una retirada a tiempo es un victoria, o una esperanza de renovación, aunaue le suponga una enorme amargura... Pero hay que ir pensando, más pronto que tarde, en el "adiós a las armas". 

Pero cuando cree haber tomado definitivamente la decisión, cuando está seguro que sería lo mejor para él y para su hermandad, mira a la Virgen, difuminada, desdibujada sobre el telón de terciopelo del altar de quinario, la voluntad le falta. Sabe que mañana, cuando amanezca, volverá a la iglesia, su iglesia, con la misma ilusión que se acercaba cuando era niño para continuar con esta historia de amor. Nunca supo decirle que no, ni a Ella, ni a su hermandad

Con ese pensamiento, Sebastián se incorpora del banco con agilidad, inclina la rodilla reverenciando al sagrario, que refulge en la semipenumbra como un ascua de plata roja reflejando la luz de la lamparilla que avisa de la Real Presencia de Jesús Sacramentado, sale por la puerta de la sacristía, cierra y se va.

En la calle, un aroma de azahares nuevos lo inunda todo, señal inequívoca de que la Semana Santa está a la vuelta de la esquina, la misma esquina por donde se pierde Sebastián camino de su casa, siempre en silencio, con una mueca de sonrisa socarrona en sus labios porque acaba de ver en su imaginación, como un fogonazo, cómo va ser el altar que montará el año que viene a su Cristo, y que desde esta misma noche empezará a tomar forma en su imaginación, prolífica, inagotable, incansable.

Y es que Sebastián, incombustible a  pesar de todo, hasta de sus silencios, sabe que permanecerá junto a su sagrada imagen hasta que Él y Ella así lo quieran, o hasta que ingrese como hermano de número en la hermandad de La Parca, en la Antiquísima Cofradía de la Guadaña,  y la Canina requiera de sus servicios.... O algún hermano mayor reencoroso, paladeando la venganza, lo mande a su casa de una vez, cosa que Cinta, la mujer de Sebastián, agradecería en el alma.   

miércoles, 1 de marzo de 2017

CUARESMA DRAG




Es riguosamente verdad eso que dice la canción de que “Uno vuelve siempre a lo viejos sitios donde amó la vida”. Por eso me gusta regresar de vez en cuando, urgando en la memoria, a un tiempo feliz de juventud y reencontrarme otra vez en Las Palmas de Gran Canaria. Vuelvo a la isla donde viví en una época de desconocidas ilusiones, en la ejemplar transición de una época que acababa y otra esperanzadora que se iniciaba con augurios de libertades nunca antes vividas, en la incipiente democracia española. Y con diecisiete años.

Llego de una ciudad pequeña, apenas empezado su desarrollo industrial, de una Huelva de carencias y limitaciones, como un pueblo grande con pretensiones de capital, pero que constituía todo mi mundo, mi más querido mundo.

Y de pronto, a dos horas menos cinco de avión, me encuentro con una ciudad que los intelectuales de entonces llamaban cosmopolita y los de ahora, multicultural, variopinta, en la que el más escrupuloso respeto por cada raza, pensamiento, cultura y religión, se basaba el éxito de su feliz, pacífica y enriquecedora convivencia. Indúes, sudamericanos, negros, asiáticos y europeos tejían un entramado social perfectamente integrado y compatible en sus manifestaciones de todo tipo, culturales, artísticas, religiosas y hasta gastronómicas. Cuando aquí llamaba la atención ver un “moro” o un negro por la calle, allí era parte integrante del paisaje cotidiano.

En los comercios coexistían cuadros con fotos de Visnú, Buda y Shiva con los de la Virgen del Pino, celestial patrona de la isla. Recuerdo el fervor de las procesiones de la Virgen del Carmen de la Isleta. Perduran en mis recuerdos las campanas de la Audiencia de San Agustín mezcladas con la de la catedral, en el barrio de Vegueta, en Triana. Y la iglesia parroquial de Arucas, gotizante, labrada en piedra violeta, única en el mundo y que conserva un impresionante Santo Entierro. Y recuerdo también el profundo y sincero dolor que causó en la isla y en todo el archipiélago el robo sacrílego perpetrado en la sagrada imagen de la Virgen patrona de Gran Canaria.

 Así era aquella ciudad, aquella isla, poliédrica,  respetuosa, abierta, moderna y tradicional al mismo tiempo, con inequívoca vocación europea, cristiana, mayoritariamente católica en el respeto a las minorías. Algo ha debido cambiar, y mucho,para que hayamos asistido ayer lunes al bochornoso espectáculo de su hoy consagrado carnaval. Aunque no siempre fue así.

En aquelos años, el carnaval volvía tímidamente a ocupar las calles palmerinas después de años de prohibición, como fiesta oficial, aunque popularmente nunca dejara de existir. Y excepto algún disfraz esporádico de la consabida monja embarazada o del obispo al que le pendía un atributo mayor que el propio báculo, siempre se fue respetuso con la religión, nunca se alcanzó el grado de grosería del soez espectáculo vivido en la Gala Drag Queen del Carnaval de las Palmas.

Pero ahora da la sensación que se busca la superación de la barbaridad más grande con tal de superar en propaganda y esperpento otros carnavales vecinos, Y obtener más cuota de pantalla. Si no, no se explicaría esta obsesión con la religión Católica.

A ver cómo lo digo sin que se me tache de homófobo,  porque no es cuestión de opoción sexual, sino de respeto, decencia, de la más elemental educación, y hasta de estética, si me apuran.

Estos artistas, que por lo general piden que se retiren los símbolos religiosos de las calles, luego no tienen reparo en subir al altar de la chabacanería a un crucificado, máxima expresión de la fe de los que profesamos la religión Católica fundada por Jesucristo.

Mucho ha tenido, repito, que cambiar una sociedad para que aplauda semejante ordinariez, tamaña estupidez y la premien, y encima con dinero de todos.

Pero lo más sorprendente, al menos para mí, y donde mejor se refleja el grado de permisividad al que hemos llegado, es oyendo los comentarios de los entrevistados por todas las cadenas de televisión, y he dicho todas, calificando el aberrante numerito de “estética rompedora”, “innovador”, “transgresor” y justificándolo como (copio textualmente) “constatación de la doctrina de la iglesia Católica sobre la homosexualidad”. ¿De verdad alguien se puede creer esto? Empezamos llamando arte a cualquier cosa y acabamos así.

No voy a caer en la trampa de retarlos a que hagan lo mismo con otras religiones, especialmente con el Islam, porque no tendrían cojones, esos que aprietan en el tanga de brillos para que no hagan bulto y que seguro también aprisionan las neuronas.

Y mientras tanto, los católicos, a ver los barcos venir y a ver los barcos pasar. Nada. Mutis, por el foro y por el aforo de un inmenso teatro de silencios. Es verdad, y comprendo que no podemos estar manifestándonos cada vez que se ofende a la Religión, últimamente no haríamos otra cosa. Pero me parece que esto ya se está pasando de castaño a oscuro. ¿Dónde estamos los devotos de la Virgen en su tierra, en la Tierra de María Santísima?¿Dónde están los cristianos de la isla que en marea impresionante acompaña a la Virgen del Pino los casi veinte kilómetros que separa su santuario de Teror de la Catedral de Santa Ana cada vez que la Virgen baja a Las Palmas, o cada ocho de septiembre en su fiesta? Callados, sin querernos señalar. Y mientras tanto esta gente ganándonos terreno.

Respeto también a quienes opinan que comentar esta infamia es darles pávulo, difusión y propaganda que es lo que van buscando. Es posible. Pero, ¿hasta cuándo vamos a agachar la cabeza y dejar que nos insulten y nos hieran? Y tampoco es cuestión de rasgarse mucho las vestiduras, ni detomar la actitud de la duquesa ofendida, ni de que nos traigan las sales, soy consciente de que hay otras cosas que deberían herirnos mucho más, como seres humanos y como católicos, y también miramos para otro lado. Lo sé. Pero qué necesidad hay de tanta provocación.

La iglesia, ancestralmente ha venido celebrado en torno al miércoles de Ceniza (nada nuevo bajo el sol) el denominado Triduo de Carnaval, en reparación de las ofensas que Dios, la Virgen y los Santos reciben en estos días. Pues visto lo visto, sería menestrer  ampliarlo, de triduo a quinario, a septenario o a novena, o incluso a decena, como en San Juan del Puerto celebran a su santo patrón. Porque no vamos a dar abasto. Cada vez son más lobos acechando y lanzando dentelladas contra nuestra fe.

Esto es lo que hay, la peor degradación arrastrando la imagen de la Santísima Virgen y la de Cristo Crucificado por el fango de la blasfemia, de la aberración, de la obscenidad y del mal gusto y al parecer, si no con la complacencia, al menos con la indiferencia de la inmensa mayoría de los católicos, que cada vez tenemos las tragaderas más grande y una mayor habilidad para mirar a otro sitio, cuando no a justificar las barbaridades que se cometen con la iglesia. Con la Católica, que con otras no hay huevos que no reprima un buen tanga de lentejuelas.